The Adirondack Review
FALL 2017
Four Poems
by FEDERICO GARCÍA  LORCA
translated by ROBERT ERIC SHOEMAKER
Narcissus
from Songs

for Jennifer Scappettone


Your odor

And the deep of the stream.

I wanna be left at your edge.



Blossom of passion,

Narcissus.



From your eyes’ whites cross,

Asleep, shadows and fishes,

Twitterings and flutterings—  

Japonizing in mine.



You diminutive, I large.

Blossom of passion.

Narcissus.



The frogs, how they wait!

But they don’t leave tranquil

The glass in which they look on

You and I delirious.



Narcissus.

My pain.

And my pain myself.



Narciso

Tu olor. 
Y el fondo del río. 
Quiero quedarme a tu vera. 
Flor del amor. 
Narciso. 
Por tus blancos ojos cruzan 
ondas y peces dormidos. 
Pájaros y mariposas 
japonizan en los míos. 
Tú diminuto y yo grande. 
Flor del amor. 
Narciso. 
Las ranas, ¡qué listas son! 
Pero no dejan tranquilo 
el espejo en que se miran 
tu delirio y mi delirio. 
Narciso. 
Mi dolor. 
Y mi dolor mismo.







Sleepwalker’s Ballad
from Gypsy's Ballad

for Rebecca Segall: eres toda la luz que necesito





























































































































ROMANCE SONÁMBULO

a Gloria Giner
y a Fernando de los Ríos

Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 
Con la sombra en la cintura 
ella sueña en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Verde que te quiero verde. 
Bajo la luna gitana, 
las cosas le están mirando 
y ella no puede mirarlas. 
              *
Verde que te quiero verde. 
Grandes estrellas de escarcha, 
vienen con el pez de sombra 
que abre el camino del alba. 
La higuera frota su viento 
con la lija de sus ramas, 
y el monte, gato garduño, 
eriza sus pitas agrias. 
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...? 
Ella sigue en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
soñando en la mar amarga. 
              *
Compadre, quiero cambiar 
mi caballo por su casa, 
mi montura por su espejo, 
mi cuchillo por su manta. 
Compadre, vengo sangrando, 
desde los montes de Cabra. 
Si yo pudiera, mocito, 
ese trato se cerraba. 
Pero yo ya no soy yo, 
ni mi casa es ya mi casa. 
Compadre, quiero morir 
decentemente en mi cama. 
De acero, si puede ser, 
con las sábanas de holanda. 
¿No ves la herida que tengo 
desde el pecho a la garganta? 
Trescientas rosas morenas 
lleva tu pechera blanca. 
Tu sangre rezuma y huele 
alrededor de tu faja. 
Pero yo ya no soy yo, 
ni mi casa es ya mi casa. 
Dejadme subir al menos 
hasta las altas barandas, 
dejadme subir, dejadme, 
hasta las verdes barandas. 
Barandales de la luna 
por donde retumba el agua. 
              *
Ya suben los dos compadres 
hacia las altas barandas. 
Dejando un rastro de sangre. 
Dejando un rastro de lágrimas. 
Temblaban en los tejados 
farolillos de hojalata. 
Mil panderos de cristal, 
herían la madrugada. 
              *
Verde que te quiero verde, 
verde viento, verdes ramas. 
Los dos compadres subieron. 
El largo viento, dejaba 
en la boca un raro gusto 
de hiel, de menta y de albahaca. 
¡Compadre! ¿Dónde está, dime? 
¿Dónde está mi niña amarga? 
¡Cuántas veces te esperó! 
¡Cuántas veces te esperara, 
cara fresca, negro pelo, 
en esta verde baranda! 
              *
Sobre el rostro del aljibe 
se mecía la gitana. 
Verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Un carámbano de luna 
la sostiene sobre el agua. 
La noche su puso íntima 
como una pequeña plaza. 
Guardias civiles borrachos, 
en la puerta golpeaban. 
Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar. 
Y el caballo en la montaña






Nueva York
(Office and Denunciation)
from Poet in Nueva York

for Abigail Pershing

Beneath the multiplications, a drop of duck’s blood;
Beneath the divisions, a drop of sailor’s blood;
Beneath the sums, a river of tender blood,
a river that comes singing
through the bedrooms of the suburbs,
and is silver, cement, or breeze
in the liar’s dawn of Nueva York.
Mountains exist. I know it.
And glasses for the wise. I know it. 
But I have not come to see heaven.
I have come to see the turbid blood,
the blood that sweeps machines over cataracts
and takes one’s soul to the cobra’s tongue.
Every day they kill in Nueva York
four million ducks,
five million pigs,
two thousand pigeons for the savor of the dying,
a million cows,
a million lambs,
and two million roosters
and leave the skies in pieces.
Better to cry grinding the knife
or killing dogs in hallucinatory hunts
than to protest dawn’s
interminable trains of milk,
interminable trains of blood,
and trains of shackled roses from perfumeries.
The ducks and the pigeons
and the pigs and the lambs
leave their drops of blood
beneath the multiplications,
and the terrible screams of the crushed cows
fill the valley of pain
where the Hudson gets drunk on oil.
I denounce all the people
that ignore the other half,
the irredeemable half
that climbs its cement mounds
where throb the hearts
of the little animals they forget,
and where we all will fall
in the final feast of jackhammers.
I spit in your face.
The other half listens to me—
devouring, urinating, flying in the face of purity,
like the children of the porters
that carry fragile sticks
to the holes where
the antennas of the insects rust—
this is not hell, it is the street.
This is not death. It is the fruit vendor.
There is a world of broken rivers and elusive distances
in the paw of that cat crushed by an automobile,
and I hear the earthworm’s song
in the hearts of many girls.
Rust, fermentation, quivering land…
Your same land that you swim through in the numbers at the office.
What am I to do, to order the landscapes?
To order the lovers that become photographs?
That soon become pieces of wood and whiffs of blood?
No, no; I denounce.
I denounce the plot
of these office deserts
that do not show their agony,
that erase the plans of the forest,
and I offer myself to be food for the crushed cows
when their screams fill the valley
where the Hudson gets drunk on oil.



NEW YORK (OFICINA Y DENUNCIA)

a Fernando Vela 

Debajo de las multiplicaciones 
hay una gota de sangre de pato. 
Debajo de las divisiones 
hay una gota de sangre de marinero. 
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna; 
un río que viene cantando 
por los dormitorios de los arrabales, 
y es plata, cemento o brisa 
en el alba mentida de New York. 
Existen las montañas, lo sé. 
Y los anteojos para la sabiduría, 
lo sé.  Pero yo no he venido a ver el cielo. 
He venido para ver la turbia sangre, 
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas 
y el espíritu a la lengua de la cobra. 
Todos los días se matan en New York 
cuatro millones de patos, 
cinco millones de cerdos, 
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes, 
un millón de vacas, 
un millón de corderos 
y dos millones de gallos 
que dejan los cielos hechos añicos. 
Más vale sollozar afilando la navaja 
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías 
que resistir en la madrugada 
los interminables trenes de leche, 
los interminables trenes de sangre, 
y los trenes de rosas maniatadas 
por los comerciantes de perfumes. 
Los patos y las palomas 
y los cerdos y los corderos 
ponen sus gotas de sangre 
debajo de las multiplicaciones; 
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas 
llenan de dolor el valle 
donde el Hudson se emborracha con aceite. 
Yo denuncio a toda la gente 
que ignora la otra mitad, 
la mitad irredimible 
que levanta sus montes de cemento 
donde laten los corazones 
de los animalitos que se olvidan 
y donde caeremos todos 
en la última fiesta de los taladros. 
Os escupo en la cara. 
La otra mitad me escucha 
devorando, cantando, volando en su pureza 
como los niños en las porterías 
que llevan frágiles palitos 
a los huecos donde se oxidan 
las antenas de los insectos. 
No es el infierno, es la calle. 
No es la muerte, es la tienda de frutas. 
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles 
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil, 
y yo oigo el canto de la lombriz 
en el corazón de muchas niñas. 
óxido, fermento, tierra estremecida. 
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina. 
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes? 
¿Ordenar los amores que luego son fotografías, 
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre? 
No, no; yo denuncio, 
yo denuncio la conjura 
de estas desiertas oficinas 
que no radian las agonías, 
que borran los programas de la selva, 
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas 
cuando sus gritos llenan el valle 
donde el Hudson se emborracha con aceite.






Adam
from Other Sonnets

for Andrew Schelling

Morning blood wet by sapling
Morning recent foal moaning
Screams in crags crystallizing
For in the pane frame bone graphing

A fixed light descending sought
White ends creation unthought
Veinous uproar an upshot
Appleing the murky fresh rot

Adam fire dreams ‘neath clay swoon
a boy near to galloping
double rhythm rends his cheek soon

But dark Adam is dreaming
neuter the seedless rock’s moon
where his boy light ends in burning



Adán

Árbol de Sangre riega la mañana 
por donde gime la recién parida. 
Su voz deja cristales en la herida 
y un gráfico de hueso en la ventana. 

Mientras la luz que viene fija y gana 
blancas metas de fábula que olvida 
el tumulto de venas en la huida 
hacia el turbio frescor de la manzana, 

Adam sueña en la fiebre de la arcilla 
un niño que se acerca galopando 
por el doble latir de su mejilla. 

Pero otro Adán oscuro está soñando 
neutra luna de piedra sin semilla 
donde el niño de luz se irá quemando.










FEDERICO GARCÍA  LORCA is now recognized as one of the greatest poet-playwrights in the Spanish tradition. His love for the rural country of Andalucía, as well as his marginalization as a homosexual and a left-winger, is showcased in his three great plays dubbed the “Rural Trilogy” and in his poetry, most particularly Poet in New York, which sings both the jazz and flamenco of those on the margins. His work transcends boundaries of genre and is influenced by the Surrealists as much as by the puppet plays of old, lending themselves to longevity in the United States and abroad. Lorca was assassinated in 1936 by the Fascist regime taking over his home country, which he protested through his art and his life. 


ROBERT ERIC SHOEMAKER is a poet-playwright in the Jack Kerouac School at Naropa University. Follow his work at reshoemaker.com.